Por Jacques Cheminade
Tal y como el autor desarrolló en un artículo de EIR, publicado el 13 de diciembre de 1991, titulado “¿Repetiremos los errores que llevaron a la Primera Guerra Mundial?” Fue el repliegue del liderazgo político francés en los 1890 de hacer frente a los diseños imperiales de Gran Bretaña en África, así como a la ideología británica de libre comercio, lo que puso rumbo al mundo a la Primera Guerra Mundial. El fragmento de abajo es una adaptación de un artículo escrito en tres partes, en el periódico francésNouvelle Solidarité, “Fashoda, cuando las nubes de tormenta trajeron la tormenta”, traducido del francés.
El potencial trágicamente irrealizado de la facción francesa del “Sistema americano” se ejemplificó en el gobierno de Jules Méline, primer ministro de Francia desde el 29 de abril de 1896 hasta el 15 de junio de 1898. Este fue de una duración política excepcional para esa época (casi 26 meses).
El capital francés no estaba todavía irrevocablemente orientado hacia las rentas del suelo o las inversiones en el extranjero. Aún era posible una gran movilización industrial y agrícola, una que hubiera tornado a Francia hacia una economía productiva de paz, y un desarrollo económico mutuo en el continente europeo. En vez de usar los ferrocarriles del ministro de Asuntos Exteriores de Méline, Gabriel Hanotaux, para mover rápidamente a las tropas hacia el frente, se podrían haber vuelto en los portadores del crecimiento económico en el corazón de Europa.
Esa promesa se desbarató tras la firma del primer acuerdo anglo-francés sobre África, el 14 de junio de 1898. Esto fue un convenio general para delimitar las esferas de influencia y que cubría la distancia entre Senegal y la cuenca del Nilo. Un día después, cayó el gobierno de Méline, y con ello, la destitución permanente de Gabriel Hanotaux. Un año después, vino la humillación francesa en Fashoda, que puso fin al sueño de un ferrocarril transafricano.
Si Méline hubiese sido capaz de consolidar el poder, la fuerza que él representaba no se habría metido en conflictos que él consideraba “debilitantes” (anticlericalismo, monarquismo, militarismo, o colonialismo). Jules fue el presidente de la Comisión de Aduanas en la Asamblea Nacional, y también de la Asociación de la Industria Francesa. El discursoque dio el 19 de mayo de 1893, en el Palacio de los Cónsules en Rouen, es una vigorosa y documentada andanada contra el liberalismo y librecambismo británico.
Méline explicó cómo el arancel general de 1881 y los convenios arancelarios de 1882, que habían reducido los impuestos de aduanas en general, habían amenazado con arruinar la industria y agricultura francesa. “Las industrias que se sacrificaron por los tratados, han continuado aletargadas a un nivel miserable”, afirmó. Mostró cómo, en el nombre de la producción nacional, él y sus amigos en la industria, y en la agricultura, habían tenido éxito en 1893 en, al menos, “detener la marcha victoriosa del libre comercio”.
Para “salvar a la agricultura de la nación de un desastre irreparable”, aprobaron leyes proteccionistas para la industria del refinamiento de azúcar, ganadería, y trigo, en 1884-85, y en 1892 aprobaron un nuevo “arancel protector” para la agricultura y la industria que “incrementó el arancel mínimo entre un 25-30% por encima de los aranceles que se establecieron por el convenio”. Méline criticó al “comando general del libre comercioque está en París. Se compone de peces gordos de las finanzas, de los grandes importadores, y especuladores que trabajan con productos foráneos”.
Atacó a los medios probritánicos: “Los dueños de los mercados financieros, los librecambistas… se han hecho dueños de los periódicos más importantes para operar sobre la opinión pública… Ese es su poder… Por otro lado, nuestra Asociación de la Industria Francesa se encuentra en un estado miserable”. Entonces, propuso crear un periódico importante capaz de defender la “economía nacional”, “una República de trabajo y progreso”.
Méline, y el partido industrial que lo rodeaba, habían comprendido bien las ideas del gran economista alemán, Friedrich List. Es a este grupo de visionarios a los que Francia debe, en gran parte, su relativo progreso de comienzos del siglo XX. Fueron, sin duda, los más duros enemigos del Imperio Británico, fueron entre los que mejor entendieron la situación de Europa. Su inspiración fue un profesor de economía política, Paul Cauwès, quien fue presidente de la Sociedad de Economía Política nacional, mientras Jules Méline fue su presidente honorífico.
“La economía nacional” de Paul Cauwès
En su nota publicada por el Resumen de economía política, el 12 de enero de 1898 ( en la época del Primer Ministro Méline), Paul Cauwès situó brillantemente las ideas de List en el contexto europeo y francés.
Primero atacó la “doctrinismo” que provino de Inglaterra para la que “ la economía política es una ciencia de cosas, y no del hombre”. Esta “escuela liberal” continuaba, había cometido el error de “aplicar razonamientos puramente lógicos a la ciencia económica”. Al principio, vio su origen en las obras de Quesnay y Adam Smith con un tono optimista, cuando las rentas del suelo o los beneficios financieros eran prudentes. Entonces, este método de pensamiento se volvió, necesariamente, pesimista, dado que no tomaba en cuenta la producción de bienes, o de la vida, sino únicamente los ingresos procedentes de cosas que ya existían, y que necesariamente mermarían con el tiempo. Cauwès vio dos escuelas “pesimistas” que devenían de esta matriz inicial. Una fue más bien liberal y financiera, fue la de Ricardo y Malthus, llevando directamente a los “maltusianos contemporáneos”. La otra escuela, que igualmente devino del análisis de Ricardo y Smith, guió a una batalla por la posesión de las cosas, la cual destruyó la solidaridad entre aquellos que las producían; esa fue la “escuela de Proudhon, de Lassalle, y de Marx”.
Cauwès contrastó a estas dos escuelas (aparentemente opuestas, pero que en realidad eran dos ramas que provenían del mismo tronco), los esfuerzos de “Carey y List” en el siglo XIX. Este fue “el principio de unión y solidaridad de las fuerzas productivas”, y “al mismo tiempo, es el principio con el que los gobiernos tienen la misión de protegerlas (las fuerzas productivas) contra los peligros del interior del país, o del exterior”. Cauwès subrayó que esta “escuela de economía nacional” tuvo como nombre “mercantilismo, que a día de hoy se mantiene en tan baja estima”, a pesar de que fue “el origen de la existencia de nuestra industria y nuestra agricultura”.
En un siglo en el que Jean-Baptiste Say había popularizado tanto el libre comercio y el liberalismo en Francia que había hecho de ella “la única doctrina posible”(como hoy hacen con la “economía de mercado”), Cauwès mostró que la tradición real de Francia era lo contrario, que precedió y fomentó la obra de Friedrich List: “La economía política nacional es, de hecho, la vuelta a lo que es, verdaderamente, la tradición francesa. Francia es el país de Sully y Laffemas, de Enrique IV, de Richelieu y de Colbert”. También citó a Galiani y a las investigaciones de Antoine Montchrétien, sobre las diversas ramas de la producción, subrayando que este planteamiento descansa sobre dos nociones:
- “La unidad de la economía nacional”, la percepción de la nación como una única empresa productiva;
- Y una “intervención necesaria de los poderes públicos, en el interés de la producción económica del país”.
Esto es porque, para Cauwès, “la libre iniciativa y la acción gubernamental no son antagónicas” “Ahí reside un papel bastante importante para el Estado: el de árbitro y moderador entre los intereses opuestos; el de protector de nuestras industrias contra la competencia injusta, de ser el centralizador de la información económica, de ser elcreador de sus propias organizaciones excepcionales para estimular y apoyar el ánimo emprendedor”.
Es este el concepto el cual es fundamental (el que el Estado es un “defensor del trabajo nacional”) el cual debe “mantener a los trabajadores en un continuo estado de productividad”, es por esto que es absolutamente opuesta a la tesis liberal, esa “escuela liberal que nos ha metido en la cabeza la idea de que el Estado es un mal necesario”.
El transporte es productivo
El debate sobre la cuestión de los ferrocarriles fue particularmente bullicioso. La facción pro-Rothschild de Raynal, Rouvier, y Say cedieron las funciones de este medio a las corporaciones, concibiendo los ferrocarriles como un servicio “puntual”, un transporte a un precio fijado de mercancías y pasajeros que los llevaba de un sitio a otro, y cuya pertenencia correspondía “naturalmente” a los intereses financieros.
Cauwès fue al centro del debate, a pesar de que para hacerlo, tuvo que contradecir a Carey, a quien, sin embargo, le dio “el titulo del mejor economista del trabajo”. Para él, “la industria del transporte”, no era un “servicio”, sino una auténtica “industria productiva”, para lo que “producción consiste de cualquiera o todas las acciones cuyo efecto es el movimiento de material”. Incluyó en esto el transporte que se realizaba por medio de las industrias extractoras, enfocadas en la búsqueda de minerales en la tierra, y que “transportaban” a las fábricas.
Creía, además, que no se debería dejar el transporte a los intereses financieros,quienes no podrían ver en el transporte su rentabilidad a “largo plazo”, su impacto como infraestructura. En un informe de noviembre-diciembre de 1895, Cauwès afirmó que “la nacionalización de una rama específica de la industria” podría volverse necesaria, bajo condiciones en las que “percibimos en esa rama el carácter de servir al interés colectivo”. Cuando una industria se viera amenazada por el control de los financieros, el Estado debe intervenir para asegurar la prioridad de la industria, y difundir sus efectos por toda la economía.
Cauwès concluyó al proclamar su completa oposición a la “escuela de Smith”: “ Una economía nacional basada en otras perspectivas y otras expectativas, que el programa de comprar lo más barato posible, y vender lo más caro posible”.
En su “Curso sobre economía política”, publicado en 1893, definió el objeto de su estudio como “la ciencia de gestionar empresas privadas y estados”. La misma nociónde economía nacional que se encuentra en Friedrich List. El objeto de esta ciencia es entender “el poder productivo del trabajo”, el cual “no es el resultado de las cualidades inherentes en las cosas”, sino “ variaciones, no solo acordes con el estado del arte industrial, y los avances en los procesos mecánicos, sino también con la energía del individuo, con la moral y costumbre de las familias, con las tradiciones nacionales, y de acuerdo con las combinaciones sociales – división de trabajo, asociación: todo lo que pueda impedir o reforzar las relaciones industriales”.
Fue desde el punto de vista de esta noción activa, que define la economía no como una “ciencia de cosas”, una lógica muerta, sino como una ciencia de producción de cosas, de “creatividad humana”, que Cauwès atacó a Herbert Spencer, Huxley, y Bagehot, “los jefes de esta nueva escuela en Inglaterra, cuyos precursores fueron Cabanis y Gall”. Demostró que la teoría de Spencer (la ideología victoriana de “darwinismo social”) conduce a una “sociología biológica”, a un puro “determinismo social”, en el que “no hay lugar para el libre albedrío”. “Una teoría moderna”, dijo, “que por un lado, se conecta con la doctrina utilitarista de Bentham y John Stuart Mill; y por otro, con la teoría darwinista de la evolución, al asimilar la ciencia social con la biología; que sería una ciencia natural gobernada por las leyes de la materia”. Afirmó, que la escuela británica, sin importar lo que pretendiera, estaba en camino de situar el comportamiento humano, al mismo nivel que el de los animales.
Cauwès demostró la mala fe de los maltusianos, incluso de acuerdo a sus propios términos: “La doctrina absoluta del libre comercio se fundamenta entre los mismos economistas que mantienen la teoría sobre la población de Malthus, tan estrictamente nacionalista… Para los mercados, no cuentan los límites territoriales de los estados, mientras que, cuando se trata de medios de subsistencia, uno debe temblar ante la amenaza de sobrepoblación”.
Finalmente, al analizar el antinatalismo sistemático de John Stuart Mill, pone al descubierto las bases del sistema británico: “Penalizar el crecimiento de la población… es una opinión excéntrica; si admitimos que no se regula la población por medio de las libres decisiones, lógicamente, existe sólo una institución que puede contener o aumentar los cambios en la población, ¡y esa es la esclavitud!” (Volumen 2, pág. 63 de su Curso sobre economía política, 1893, ediciones Larose y Forcel).
Al contrario que estas concepciones fijas (la relaciones sobre esclavitud entre seres humanos o entre países) Cauwès elaboró su concepto de autodesarrollo de las naciones: “Las naciones están en un continuo acto de transformación , de desarrollo; por lo tanto, no es preciso concebirlas como seres pasivos e inmóviles...”
Las naciones normales (en el sentido en que List usa el término) son organizaciones completas; sus sistemas económicos se asemejan a la psicología de los seres vivos más perfectos; las múltiples partes que lo componen: los cultivos, las fábricas, y el comercio; están íntimamente asociadas y sujetas a una ley de crecimiento interno (interdependencia); como los órganos del cuerpo, languidecen y prosperan juntos.
La meta del liderazgo es “desarrollar las fuerzas productivas de una manera armoniosa”, y “garantizar la independencia nacional” en “el aumento del trabajo productivo, en beneficio del trabajo nacional”. Por consiguiente, existe una clase de trabajo generalizado a organizar, una “gran producción nacional”, que nunca se alcanza en cualquier momento dado, sino que es “una creación continua”; y “no puede ocurrir sin protección”.
Y, así, llegamos a la necesidad y justificación del proteccionismo, tan atacado por los liberales, que pretenden verlo como nada más que “una protección insana de intereses”, como el deseo de mantener a las empresas “artificialmente”, “sin competencia”. Cauwès les contraargumentó, empezando por la necesidad de producir, la necesidad moral y económica de no dejar a la población desempleada: “Sin duda, las naciones deben de enriquecerse a través del comercio recíproco, pero sobre todo, han de vivir y progresar; ahora, con esta meta, es necesario llegar a los métodos de desarrollar las fuerzas productivas que la naturaleza les ha dado. La verdadera cuestión es, por tanto, determinar qué sistema de intercambio favorece más al crecimiento industrial de las sociedades”. “La libertad comercial” corre el riesgo de “despoblar a los países cuyas industrias no están en condiciones de soportar a la competencia, pues se vuelven tributarios de los extranjeros”. Y así, inevitablemente, “el libre comercio lleva a la ruina de los competidores”, pues bien son más débiles o nuevos, y “por consiguiente, al monopolio”. Los librecambistas, bajo sus “espléndidas” teorías y sus mentiras sobre la libertad, no son más que hipócritas que quieren “mantener sus mercados”.
Sin embargo, Cauwès no fue, en absoluto, un partidario del proteccionismo, en oposición a los absolutistas del librecambio; concibió la “protección” como un medio necesario, y no como un fin en sí mismo; el fin era el desarrollo de las fuerzas productivas; el progreso del trabajo. “La protección de las industrias nacionales”, recalcaba, “ a menudo se constituye, por tanto, no como algo perpetuo, sino como un sistema transitorio, favorable a la educación industrial, es un fideicomiso que naturalmente llega a su fin cuando se alcanza la edad de un desarrollo económico completo”.
Cauwès denunció la dirección que había tomado la economía francesa al término del siglo XIX. Es un error, insistió, el juzgar, únicamente, el impacto del comercio en la riqueza nacional solamente desde el punto de vista del valor del comercio y de la acumulación de capital. “Las naciones tienen otras metas que el hacer una fortuna de la manera más directa; un aumento en las riquezas es poco significativo si se adquiere a expensas del progresivo desarrollo del poder industrial”.
Se ha de recordar que Francia era un gran inversor mundial en 1914, un país donde dominó la “renta” y la ideología del rentista, un país cuya renta privada se encontraba, entre un 3,6 y un 5,2 por ciento, en 1908, en “fondos rusos”. Sin embargo, su porcentaje en la producción industrial mundial se había visto caer desde un 9% en 1880, a un 6% en 1913.
Cauwès, en defensa de “un sistema de fideicomiso y de educación industrial progresiva”, definió el camino apropiado (el único que haría posible evitar guerras) que Francia y Europa tendrían que haber seguido al concluir del siglo XIX.


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